Qué gana la sociedad con la innovación en fármacos

Qué gana la sociedad con la innovación en fármacos

Durante buena parte del último medio siglo, el contrato social que subyacía a la innovación farmacéutica estaba claro. Fármacos nuevos daban como resultado vidas más largas, un menor número de hospitalizaciones y, en algunos casos, curaciones. A cambio, las sociedades aceptaban una trayectoria sostenidamente ascendente del gasto sanitario. Dicho contrato se mantuvo mientras la innovación conseguía transformar visiblemente los resultados de salud. Ahora está siendo objeto de renegociación.

La cuestión a la que hacen frente los sistemas de salud no es si la innovación farmacológica funciona. No hay duda de que lo hace. La cuestión es qué beneficios reportan los avances incrementales frente a lo que cuestan. Para muchas enfermedades comunes, con décadas de progreso acumulativo, el tratamiento de referencia ya es altamente eficaz. Las nuevas terapias suponen pasos adicionales en una senda exitosa, en lugar de correcciones de fracasos. A medida que la medicina se acerca a los límites biológicos, las ganancias son cada vez más incrementales, mientras que los precios siguen reflejando la lógica económica de hallazgos anteriores.

Esta reflexión ya no es exclusivamente teórica. En Europa, unas finanzas públicas tensionadas, compromisos crecientes en materia de defensa y una renovada política industrial han extremado la competencia por un capital escaso. Decisiones que anteriormente quedaban fuera del ámbito político son ahora explícitamente políticas. Por utilizar un símil, la disyuntiva se asemeja cada vez más a elegir entre cañones o medicamentos. Puede que el lenguaje sea poco sutil, pero las aritméticas de fondo son implacables.

La excepción estadounidense

Gasto en sanidad per cápita en 2022, USD

Fuente: Análisis KFF de National Health Expenditure (NHE)

La oncología ilustra el modo en el que la evaluación económica del progreso ha cambiado. En el cáncer de mama en estadio inicial, las terapias existentes ya ofrecen resultados muy positivos, reflejando avances en cirugía, radioterapia, tratamiento endocrino y fármacos diana. Para pacientes con alto riesgo de recurrencia, la incorporación de inhibidores de CDK 4/6 (fármacos que frenan el crecimiento tumoral bloqueando el ciclo de división celular) ya forma parte del tratamiento estándar, consiguiendo una reducción significativa de la recurrencia en combinación con la terapia endocrina.

El último avance, un degradador selectivo del receptor de estrógeno oral presentado en el Simposio sobre el cáncer de mama de San Antonio de 2025, corrobora esta evaluación basal ya intensiva. Cuando se combina con el tratamiento contemporáneo, parece evitar alrededor de tres recurrencias invasivas adicionales por cada cien mujeres tratadas durante los primeros años de seguimiento.

Marcando el ritmo

Crecimiento del gasto en sanidad en EE.UU. comparado con crecimiento del PIB por década, % medio

Fuente: Análisis KFF de National Health Expenditure (NHE)

Dicha ganancia es clínicamente real. Pero tiene un coste elevado. Estos beneficios se alcanzan al superponerse a una terapia combinada multianual que ya implica sustanciales costes, toxicidad y monitorización. En mercados de alta renta per cápita, los costes del tratamiento vitalicio pueden rondar los siete dígitos por paciente. Por tanto, la cuestión no es si hay o no progreso, sino cuál es el beneficio agregado para la sociedad de añadir sucesivas capas de tratamiento a regímenes que ya son eficaces y caros.

Los sistemas de salud están respondiendo de diferentes modos. En Europa, donde la sanidad es predominantemente un servicio financiado por el Estado, el ajuste adopta la forma de listas de espera, indicaciones para casos concretos y evaluaciones más rigurosas de la tecnología sanitaria. En EE.UU., la respuesta es más explícita. La utilización de precios internacionales de referencia, el endurecimiento de los reembolsos de Medicaid y la exigencia a los gestores farmacéuticos (PBMs) de trasladar los descuentos son signos de un viraje estructural. EE.UU. ya no está dispuesto a financiar indiscriminadamente la investigación farmacéutica global.

Los resultados difieren en cuanto a forma, no en cuanto al fondo. Europa raciona el tratamiento de forma implícita: a mayor rapidez, mayor coste para el paciente. EE.UU. corre el riesgo de estratificación, ya que la presión de precios en los programas públicos concentra la atención más avanzada en aquellos usuarios con los seguros sanitarios privados más generosos. Resultado: sistemas nacionales que antes abordaban este problema cada uno a su manera ahora parecen estar llegando a la misma conclusión; que la atención sanitaria, incluso una altamente eficaz, no puede tratarse como un derecho ilimitado.

Desplegando la innovación

Ahora bien, centrar el problema exclusivamente en el precio es errar el tiro. El problema más profundo es cómo se despliega la innovación. Los sistemas de salud siguen rigiéndose por un paradigma de tratamiento de la enfermedad tardío e intensivo, aun cuando las ganancias marginales disminuyen. Mientras este paradigma persista, los costes seguirán superando a los beneficios.

El diagnóstico y la monitorización ofrecen un alivio parcial. Los tests de enfermedad mínima residual (MRD), por ejemplo, marcan un giro desde el tratamiento uniforme hacia la intervención guiada biológicamente. Detectando evidencia molecular de recurrencia de la enfermedad mucho tiempo antes de la recidiva clínica, la monitorización por MRD puede identificar qué pacientes se beneficiarían genuinamente de una terapia intensiva prolongada, mientras se evita a otros una exposición innecesaria.

Por utilizar un símil, la disyuntiva se asemeja cada vez más a elegir entre cañones o medicamentos.
— Adrien Brossard, Analista de renta variable senior

La inteligencia artificial (IA) refuerza esta reorientación, aunque es probable que su impacto sea incremental, más que revolucionario. La primera fase ya es evidente. La IA mejora la productividad afinando la selección de pacientes en los ensayos clínicos, reduciendo las revisiones de los protocolos, acelerando la contratación de personal y abaratando la generación de evidencia. En lo que respecta a la operativa comercial, optimiza la segmentación ("targeting"), respalda la disciplina de precios según la indicación y reduce las desviaciones en fabricación, logística y reembolsos. Estas ganancias son incrementales pero acumulativas, favoreciendo la rentabilidad sobre el capital en un entorno en el que la capacidad de subir precios es limitada.

La segunda fase del despliegue de la IA está empezando a emerger. A medida que esta tecnología se integre más con los datos biológicos, podría reconfigurar la manera de definir y atajar la enfermedad. El reconocimiento de patrones en el campo de la genómica o la proteómica y los historiales clínicos longitudinales podrían permitir un diagnóstico más precoz, una mejor estratificación del riesgo y un uso más racional de las terapias. En lugar de superponer capas de tratamiento tardío de la enfermedad, la biología habilitada por IA redirigiría la atención hacia las fases anteriores, donde la intervención es menos costosa y los resultados más duraderos. Esto no solo mejoraría marginalmente la eficacia; podría alterar de forma fundamental la trayectoria del gasto sanitario.

La vía en la que la innovación ofrece las ganancias agregadas más claras varía por enfermedad. En enfermedades crónicas comunes, la prevención y la intervención temprana ofrecen los mejores resultados. En enfermedades huérfanas –patologías raras, a menudo crónicas o potencialmente mortales que afectan a un pequeño porcentaje de la población– el cálculo es diferente. Aquí, la innovación suele reportar beneficios trascendentales a reducidas poblaciones de pacientes con un alto coste por paciente. La relación inversa es clara pero contenida: los altos precios financian una investigación que de otro modo no tendría lugar, mientras que el impacto presupuestario agregado se mantiene manejable. En este sentido, los medicamentos huérfanos –tratamientos dirigidos a combatir estas enfermedades raras– representan uno de los encajes más coherentes entre valor clínico, lógica económica y consenso social.

La enfermedad metabólica se encuadra en un punto intermedio entre estos dos extremos. Las recientes terapias de adelgazamiento presentan precios aparentemente elevados si se contemplan bajo una óptica estrecha como prescripciones crónicas. Pero la obesidad es una "condición de entrada" que se asocia a afecciones de costoso tratamiento como la diabetes, la enfermedad cardiovascular, el fallo renal y trastornos musculoesqueléticos. Si la reducción mantenida de peso reduce la incidencia o gravedad de estas afecciones, los ahorros acumulativos –en términos de menores hospitalizaciones, procedimientos y complicaciones– superarán a lo largo del tiempo, probablemente, el coste inicial del medicamento. En este contexto, prevenir no es un argumento ético sino de cuenta de resultados.

Resultados de salud asequibles

Este alineamiento entre valores sociales y rentabilidad económica es cada vez más obvio en los mercados de capitales. Las empresas cuyos productos reduzcan la carga futura de enfermedades particulares, aminoren la intensidad de los cuidados necesarios o habiliten la medicina de precisión verán probablemente reducidos sus costes de capital. Los mercados están señalizando una preferencia por la innovación que se sustente sobre una lógica tanto clínica como económica.

Para los inversores, la implicación es evidente. Las mayores rentabilidades provendrán no de la innovación en abstracto, sino de aquella innovación por la que los países estén en disposición y en condiciones de pagar. Con los gobiernos forzados a conciliar la asignación sanitaria con la de defensa, energía y política industrial, aquellos productos que demuestren aligerar la carga futura sobre los sistemas de salud se asegurarán acceso, capacidad de fijación de precios y longevidad. En la siguiente fase de la atención sanitaria, la relevancia económica será la fuente más fiable de excedentes de rentabilidad.

Solo a efectos ilustrativos. Las rentabilidades pasadas no deben considerarse una orientación o garantía de rentabilidades futuras. Las rentabilidades pueden aumentar o disminuir a consecuencia de las fluctuaciones de los tipos de cambio. Cualquier referencia a una empresa o valor particular no constituye una recomendación para comprar, vender, mantener o invertir directamente en dicha empresa.

El autor

Adrien Brossard, Analista de renta variable senior

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