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Artículo publicado originalmente en francés en el diario Le Temps el 15 de noviembre de 2010.

Post eurem: ¿quizás mañana?

26 noviembre 2010

La UE debería tomar medidas sobre todo para evitar patinazos, en particular un sobreendeudamiento privado¿Va a morir el euro uno de estos días, descuartizado entre la rigidez salarial del sur y el exceso de ahorro del norte? Muchos piensan efectivamente que el agotamiento de los deudores y el hastío de los acreedores harán estallar el sistema tarde o temprano.

 
 

Jean-Pierre BéguelinEconomista jefe
Pictet Wealth Management

Ginebra


 

Las necrologías de la moneda única que aparecerán entonces no dejarán de recalcar lo difícil que resultaba reunir economías muy diferentes, por ejemplo, por el nivel de capital físico – carreteras, red eléctrica, fábricas, maquinaria – con el que trabaja la mano de obra de un país. Cuanto más bajos sean esos recursos, menos productivos son los trabajadores y más pequeño es el pastel o, dicho en otros términos, el PIB por habitante. Por otra parte, cuanto más escaso sea el capital por asalariado, más aumenta su rentabilidad y por lo tanto el rendimiento del capital financiero subyacente y, normalmente, los tipos de interés serán elevados. Cuando se creó la UME en 1998, cada futuro miembro disponía de 150.000 a 200.000 € de capital físico por empleado, salvo tres: España, Grecia y Portugal. Irlanda – de una manera un poco contraintuitiva – e Italia se encontraban en esta horquilla.

 

 
Sin embargo, en cuanto nace el euro, los países con retraso empiezan de repente a beneficiarse de tipos casi idénticos a los que prevalecían en Alemania. Sus costes financieros caen por debajo de la rentabilidad de su capital físico, desencadenando en esos países un boom de inversiones y, por lo tanto, un alza de su demanda interna. En consecuencia, sus importaciones se aceleran y sus déficits por cuenta corriente crecen a medida que entran los fondos europeos, atraídos por la buena rentabilidad esperada sobre el capital. Sus compromisos externos netos de activos pasan de una media del 13% al 50% del PIB entre 1998 y 2007, esencialmente en forma de bonos de deuda y deudas bancarias, salvo la notable excepción de Irlanda, donde los fondos importados son sobre todo participaciones. 

De tal forma que en 2007, iniciando su adolescencia, la Eurozona es aún muy frágil. Los países menos desarrollados e Irlanda – los buenos alumnos campeones del crecimiento reciente – acumulan diversos peligros que pesan sobre ellos: sobreinversión interna, sobreendeudamiento externo y menor competitividad industrial. Los demás miembros experimentan una demanda interna más bien anémica, netas restricciones presupuestarias, mientras que sus ahorristas están expuestos directamente, o indirectamente a través de sus bancos, a la deuda de los aparentes buenos alumnos. Estas debilidades no están en absoluto relacionadas con las supuestas cualidades intrínsecas de las poblaciones en cuestión, sino con el propio proceso de integración monetaria entre países con distintos niveles de desarrollo, sin que este hecho se haya tenido en cuenta.


Los países menos desarrollados e Irlanda – los buenos alumnos campeones del crecimiento reciente – acumulan diversos peligros que pesan sobre ellos: sobreinversión interna, sobreendeudamiento externo y menor competitividad industrial.

 

Entonces explota la crisis financiera, asfixiando la actividad inmobiliaria, lo que causa un impacto crítico en España, o debilitando al sector bancario, que incide especialmente en el retroceso de Irlanda. Portugal, que realiza un 35% de sus actividades comerciales con España e Inglaterra, no resiste mucho tiempo, mientras que la recesión mundial causa pronto el estallido de la deuda pública griega. Los déficits presupuestarios aumentan prácticamente en todos los países, lo que desencadenará esa primavera la crisis de confianza que la UE intenta contrarrestar, a trompicones, prometiendo medidas cada vez más difíciles de poner en práctica. La necesidad se vuelve aún más urgente teniendo en cuenta que los países menos desarrollados de la UME no han logrado prácticamente recuperar su retraso. En 2008, a pesar de los avances logrados desde 1999, el capital físico por empleado sigue siendo en España y Grecia un 30% inferior al de los países más desarrollados de la Eurozona, mientras que en Portugal, Chipre, Malta y Eslovenia este desfase es de un 60%. El retraso eslovaco debe superar el 70%, y en los demás países de Europa del Este miembros de la UE es similar o incluso peor. Sin embargo, la incitación a invertir en esas economías se mantendrá durante mucho tiempo con el riesgo inherente de despilfarro que implica.

En estas condiciones, la UE debería tomar medidas sobre todo para evitar patinazos, en particular un sobreendeudamiento privado muy peligroso para su sistema financiero, en sus Estados miembros con escasez de capital físico. Se trata evidentemente de una ecuación relacionada con la cuadratura del círculo puesto que habrá que favorecer simultáneamente las inversiones productivas. A falta de un verdadero gobierno federal capaz de limar realmente las diferencias de desarrollo en Europa, ciertas medidas que tengan en cuenta las necesidades nacionales de compensación podrían ayudar a espaciar o atenuar las crisis previamente anunciadas. En el ámbito público, debería adaptarse el pacto de estabilidad, evitando someterle los gastos públicos en inversiones de un país con retraso, salvo si su déficit externo corriente supera, por ejemplo, un 8 o 10% de su PIB. Por su parte, el BCE podría excluir los precios de los países más atrasados de su objetivo de inflación. Sin duda, no sería más que un pequeño paso, pero permitiría no restringir automáticamente la política monetaria ante un crecimiento rápido de la economía, de los salarios y de los precios internos en los países atrasados.

Otra diferencia que hay que tener en cuenta: el caso de los países que se encuentran en la periferia de la Eurozona. Estos miembros sufren más que los demás las fuertes fluctuaciones del euro, pues su comercio es naturalmente más intenso con sus vecinos que no pertenecen a la zona. También es el caso de los países que mantienen muchas relaciones comerciales con el Reino Unido o con Suecia, dos miembros de la UE cuya moneda fluctúa respecto al euro. Es probable que cualquier día de estos – por ejemplo, cuando se produzca una próxima crisis – Londres y eventualmente Estocolmo se vean, no forzados, pero sí fuertemente incitados a elegir entre adoptar el euro o abandonar la UE. Pero no nos anticipemos…

Por consiguiente, el euro es frágil y lo seguirá siendo mientras la UME agrupe países con diferentes niveles de desarrollo. Sin embargo, no resulta prudente atribuir, como muchos hacen ahora, toda la responsabilidad de los desequilibrios intraeuropeos al Estado y a su funcionamiento pues, como siempre, el chivo expiatorio disimula las verdaderas causas del mal. Ya se sabe que Júpiter enloquece a los que quiere perder. Menos mal que todavía vive en el Olimpo y no en Bruselas…Al menos, eso esperamos…